
Hace algunos años comencé la redacción de un artículo sobre algunas cantantes que me parecían “indómitas”, mujeres inconmensurables. Su destino eran las páginas salvajes de una revista que, como Dada, y tantas otras cosas en la vida, desapareció rápidamente. La manera de interpretar las canciones y de enfrentar la escena operística, del pop o del rock resultaba para mí algo insólito. Y al paso de los años, mi apreciación de algunas de esas mujeres no ha cambiado. Y la lista, mi lista, ha crecido, como todo lo vivo.
Algunas artistas, que desde mi subjetividad son indomables, van del ámbito del pop o el rock, como
Laurie Anderson,
Siouxsie con sus Banshees o con sus Creatures o la misma
Björk desde Sugar Cubes; o desde la trinchera de la interpretación más regional o incluso del rock, pero con un énfasis en la voz “educada”, como
Sainkho Namtchylak o
Diamanda Galas, respectivamente; al espacio de la música educada aunque de vanguardia, como
Meredith Monk. Y más recientemente, que exceden el tiempo de aquella primera intención de artículo, ubico a
Lila Downs y
Cecilia Bartoli. (Cierto, lector, mis mujeres salvajes en la música provienen de muy diversas coordenadas.)
En este contexto de mi universo personal se encuentra
Lhasa de Sela.
Hablar de todas ellas en este espacio es un despropósito. Las nombro en vano para tener de donde asirme, ya que Lhasa comparte, con ellas, del tiempo la fugacidad y del espacio la ubicuidad. Sus letras íntimas y melancólicas, al ser interpretadas y escuchadas, en electrónico o en vivo, refieren a un mundo que creímos perdido, tal vez no irremediablemente, aunque sí extraviado. Su voz está en nuestros arquetipos: en las Sirenas de Homero: en nuestros miedos.
Su temperamento melancólico nos lanza a la infancia: a la de ella y a la nuestra, curiosamente, aunque nuestros pasados no tengan nada en común, excepto quizá cierta desazón primaria y el peso del tiempo en nuestra historia personal. Decir que su melancolía es auténtica es mentir y creerse esa mentira no basta. Lhasa es la melancolía misma, al menos en sus canciones, al menos en la manera de interpretar esas canciones. No es voz ni personalidad: es interpretación.
Un factor para que Lhasa sea ella misma es la lengua. Las lenguas de sus canciones. No necesariamente los idiomas, sino su manera de asumir las lenguas castellana, inglesa y francesa. Desde el primer momento, desde ese instante en que se muere, diría el doctor Farabeuf, ni antes ni después, desde ese momento en que su voz penetra y transforma a la electrónica y llega al caracol que tenemos por oído, desde ese instante nuestra alma muere y se transfigura. Si se le escucha, no hay manera de evitarlo, de evitarla. Lhasa es arquetípica. Nos recuerda algo que no precisamos y que ya olvidamos, y que nos constituye.
El habla de sus canciones parece ser aprendida recientemente. No es necesario ser un hablante del perfecto francés, inglés o castellano para saber, al escucharla, que las tres lenguas le son ajenas y que ella pertenece a todas. Su pronunciación es inexacta, sus sílabas son inadecuadas y su métrica no responde a ninguna tradición. No obstante, por hablar sólo del caso del español, pareciera que nos conoce, que ella misma es mexicana. Y lo es, sin duda, pero lo es siendo extranjera. Siendo otra, de otro lado.
Lhasa es extranjera. Nos es ajena. Nos sorprende su inmaculada presencia que carece, al mismo tiempo, de cualquier cosa que remita a lo celestial. Lhasa es terrenal y antigua. Lo he leído de las notas alrededor de su presentación la semana pasada en mi ciudad: parece que la conocemos de antaño, de toda la vida, de la suya y de la nuestra. Si algún símil da una idea de ella es la de La Mujer Caída. Que sufre. Que goza. Que hace trampa. Que encanta. Lhasa es formidable: aterra, y el miedo es pánico, íntimo e injustificado.
No importa que su melancolía sea el fruto de su vida. Bien pudo imaginarlo todo. Importa que su tristeza sea atávica e irremediable, como irremediable es cierto tipo de esperanza y de terror.
Lhasa es una cantante indómita. No la concibo concediendo. No tendrá esa oportunidad. Ella es una artista de la interpretación y no me cansaré de decirlo: Lhasa transcribe su alma, la escribe en canciones y luego las lanza mediante su voz de entraña al público, sin pudor.
Y canciones como “J’arrive à la Ville” permite imaginar. Imagino que de alguna manera imprecisa surco el aire turbio de un circo bajo el cuidado de unas alas de un ángel humano que se acurrucan, a metros del suelo al que pertenecen, y que no obstante me protegen. Sé del sentimiento de desamor de ese ángel; sé de su tristeza, del desdoro de su temprana madurez; sé que no pertenezco a ese espacio doloroso; y no obstante la tristeza, sé que somos uno solo. Llego a mi vida, a mi ciudad de imposibles. Entonces, mientras imagino el viento sobre mi cabello y mis mejillas y mi miedo a las caídas más que a las alturas, “J’arrive a la Ville” se transfigura poco a poco en el susurro de algo indefinido, la melodía se diluye en otra tonada, en otro susurro… es de “The Carny”, de Nick Cave. Y así, bajo la mirada incrédula de quien les cuenta ve a dos almas ceñirse.
Lhasa, por otro lado, encarna sin duda el espíritu de nuestro joven milenio. Su cultura es una cultura del mundo. Las lenguas que la circundan son más que eso; como todos sabemos, las lenguas son las culturas que las forjaron. Quizá por eso, ella es, insisto, una extranjera desde donde se mire, donde se pare. Y esta condición la emparenta con Lila Downs, por ejemplo, más cercana a nosotros, o con la propia Sainkho que, para no ir más lejos en su geografía personal, gestó
Out of Tuva, álbum personalísimo, álbum nómada, anclado sin embargo a otras tradiciones, y a la novedosa tecnología.
Lhasa de Sela es una mujer, una intérprete de su propio arte, una cantante primigenia que, tengo la certeza, no dejará de seducirnos e invitarnos al origen trágico de los cantos que, como los de Orfeo, transitan por el inconmensurable Hades de la tristeza.
Discografía de Lhasa de Sela:
La llorona y
The Living Road.